jueves, 26 de julio de 2012

Sevilla, la sede del mal.

Tras décadas de desequilibrio ventajista, un Estatuto de Capitalidad es la coartada de nuevos privilegios.

Tal vez es pronto para descalificar el liderazgo de Zoido pero ya hay un buen motivo pra dudar de él tras provocar un recrudecimiento de los agravios territoriales con la polémica de la capitalidad. Ha sembrado viento sobre las brasas de ese incendio mal apagado, provocando que el fuego cobre virulencia. Cuesta creer que Zoido sea así de cretino, pero ha puesto un gran empeño en parecerlo. En su primera semana en el cargo, en lugar de elevarse "au-dessus de la mêlée" exhibiéndose como un líder con perspectiva, se ha empecinado en mostrarse como un cabecilla de campanario, demostrando que relega Andalucía ya que su prioridad es Sevilla. Qué luces.
Sin duda la obsesión por Sevilla es un problema para Málaga; pero de hecho hay el menos otro problema anterior: el centralismo andaluz que impone competir en desigualdad de condiciones. Se puede debatir hasta el absurdo, como del sexo de los ángeles, sobre la genealogía del huevo y la gallina pero hay algo seguro más allá de polémicas estériles: treinta años de autonomía han empeorado las cosas, y el agravio se puede cuantificar en euros. Se ha dejado el tumor sin extirpar mientras se veía aparecer la metástasis. Griñán ya frustró cualquier expectativa de cambiar eso; y es obvio que Zoido no da la talla.
Sevilla se ha convertido en un símbolo del centralismo. Por supuesto Sevilla no es el mal, sino la sede del mal. Como el mal no es Corea sino el paleocomunismo; no Sicilia sino la mafia; no Sierra Leona sino el tráfico de diamantes en guerra... Conviene distinguir el lugar de las patologías en ese lugar. Y el mal no es Sevilla sino el centralismo. Hay que ser muy mentecato, con el pack completo, para odiar a Sevilla resistiéndose a su belleza luminosa y creativa desde el Siglo de Oro. Pero también hay que ser un ceporro para no ver el efecto perverso del centralismo en la región. Y Zoido ha demostrado una miopía cerril de muchas dioptrías.
Tras una semana en el cargo ya ha chocado con el alcalde de Málaga. Las formas florentinas no se han roto, pero, aunque con dagas en vez de navajas, ha brillado el acero. Y el alcalde de Málaga es coherente poniendo pie en pared, defendiendo lo que ha defendido siempre, aunque hasta el 25M con tibieza por si el PP gobernaba Andalucía. Su tesis parecen incontrovertible: después de décadas de desequilibrios ventajistas, un Estatuto de Capitalidad es la coartada de nuevos privilegios. Claro que, en ese pulso, Málaga lleva otra vez las de perder: Zoido manda y De la Torre es cada vez más un outsider centrifugado del núcleo de poder; solo Bendodo está en el club pero al precio de tragar en silencio. El socialismo en la Junta ha fracasado en la vertebración territorial; pero del futuro no cabe esperar otra cosa.

Teodoro León Gross
Diario Sur

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