viernes, 12 de abril de 2013

Málaga necesita un “Plan Gedeón” para echar a la junta.



A la vista de lo que el gobierno sevillano viene haciendo con Málaga desde hace 32 años, Málaga tendrá que reaccionar, tal vez imitando a la desesperada el Plan Gedeón.
De otro modo, nuestros hijos se quedarán sin futuro y hasta podría ser que la ciudad desapareciera. Ya va cumpliéndose el mandato de Alfonso Guerra a los psoístas de convertir a Málaga en una aldea insignificante. Grandes zonas de la ciudad están hoy en día completamente muertas.
Lo siguiente va a ser (en meses), que los sevillanos nos quiten la provincia. 

Los planes de Griñán despojan a Málaga de la capitalidad provincial.


Gedeón y los trescientos
Gedeón, el tímido juez de Israel, es una figura clara y precisa de los tiempos que vivimos, y de la demanda actual de Dios para su pequeño remanente vencedor.
Caos en Israel
El libro de los Jueces contiene el tramo de la historia de Israel que media entre Josué y Samuel. Entre ambos profetas, de reconocida fidelidad, hay un largo período muy oscuro.
Muerto Josué y toda su generación, el pueblo se volvió a los baales, por lo cual se encendió contra ellos el furor del Señor. La mano de los enemigos se hizo pesada y fueron despojados y humillados. En estas circunstancias, el Señor levantó jueces para que los librasen, pero, pasado el tiempo de un juez, otra vez se apartaban. Trece jueces fueron levantados para guiar al pueblo en este período, pero el final era siempre el mismo. Así lo resume el último versículo del libro: "En estos días no había rey en el Israel; cada uno hacía lo que bien le parecía" (21:25).
Tal vez el más fiel de los jueces fue Gedeón, cuya historia se narra en los capítulos 6, 7 y 8 de este libro.
Desde el primer versículo del capítulo 6, somos ya introducidos en lo que eran aquellos tiempos: "Los hijos de Israel hicieron lo malo ante los ojos de Jehová; y Jehová los entregó en manos de Madián por siete años." Los israelitas sembraban y cosechaban, pero no comían de ello. Criaban ganado, ovejas, bueyes y asnos, pero no les aprovechaba. Los madianitas venían a la tierra como langostas, y sus camellos eran innumerables. A su paso no dejaban nada. Israel conoció entonces el hambre y la frustración de trabajar sin aprovechar lo trabajado. Nada quedaba del pueblo vencedor, al cual Dios había dicho, por boca de Moisés, que haría caer "temblor y espanto" sobre sus enemigos (Éx.15: 15-16).
Tal como el tiempo de los jueces es nuestro tiempo. La apostasía cunde por todos lados. El pueblo de Dios se ha olvidado de las misericordias de Dios e impera la incredulidad. Los enemigos de Dios han tomado por asalto los diversos ambientes cristianos, y ha sido mancillado el testimonio de Dios. En tal desastrosa situación, los verdaderos hijos de Dios sufren el robo de su paz y de su herencia. El fruto de su esfuerzo es devastado. Viven expuestos a infinidad de peligros. Se sienten como en campo raso, sin defensa, y sin escudo. ¿Cuál es la causa? ¿Estará en Dios que se ha olvidado de ellos? ¿Es que se ha olvidado Dios de su heredad? No es así. Es por el pecado, es porque se han dejado los caminos santos del Señor, y se han levantado altares a los ídolos.
Sin embargo, aún en estos tiempos, Dios se ha reservado un remanente tiene fiel. Hoy también hay gedeones que son levantados por el poder de Dios para resistir la anormalidad y vencer las batallas de Dios.
La Escritura nos dice que Israel clamó al Señor y Dios le envió un profeta, el cual les dijo que todo lo que ellos estaban viviendo era consecuencia de la desobediencia a su voz (6:8-10). Y luego, en su misericordia, el Señor envía su ángel, quien se le aparece a Gedeón (6:11).
Un valiente, escondido
Dice la Escritura que, en ese momento, "Gedeón estaba sacudiendo el trigo en el lagar, para esconderlo de los madianitas". Gedeón sacudía el trigo en el lagar, no en la era. Nosotros sabemos que la era es el lugar donde se sacude el trigo. El lagar es donde se exprime la uva, donde se hace el vino. Este es un signo, entonces, de anormalidad. Gedeón sacude el trigo en el lagar, para defenderse de los enemigos, porque la era no ofrecía seguridad. Él está escondido en su propia casa.
El ángel saluda a Gedeón con estas palabras: "Jehová está contigo, varón esforzado y valiente" (6:12). Si el ángel dice que Gedeón era esforzado y valiente, es porque de verdad lo era. Pero, ¿cómo es que los hombres valientes estaban escondidos del enemigo? Si los esforzados estaban en esa condición, ¿que quedaba para los medrosos? ¡Oh, es que el brazo del hombre es incapaz para salvar, es que la fuerza y la valentía del hombre de nada sirven, si Dios no salva! De nada servían la fuerza y la valentía de Gedeón. Era una fuerza inútil. Cuando peleamos las batallas de Dios nos damos cuenta de la inutilidad de nuestra capacidad y de nuestras armas.
El celo y la humildad de Gedeón
Sin embargo, Gedeón estaba consciente de la caída de Israel, porque responde al ángel con gran celo: "Ah, señor mío, si Jehová está con nosotros, ¿por qué nos ha sobrevenido esto? ¿Y dónde están todas sus maravillas, que nuestros padres nos han contado diciendo: ¿No nos sacó Jehová de Egipto? Y ahora Jehová nos ha desamparado, y nos ha entregado en manos de los madianitas." Gedeón conoce la palabra de Dios, la cual habla de maravillas ocurridas en otro tiempo a favor de su pueblo. Gedeón ama a Israel y se duele con el estado de postración que padece. Él no está conforme con la anormalidad. Él espera la vindicación de Dios. Sus palabras brotan como una dramática llamada de auxilio. Gedeón estaba consciente del problema de Israel. Sabe que Israel no es un pueblo llamado para estar sojuzgado. Entonces Dios, al ver su corazón angustiado, fue a él para alentarlo a pelear las batallas de Dios. Dios se manifiesta a aquellos que esperan en su salvación, y que no se conforman con las cosas como están, que no se resignan a la derrota sólo porque los demás estén derrotados, que no se conforman con la anormalidad sólo porque estén rodeados de ella, y porque muchos la legitimen.
Entonces Dios prueba el corazón de Gedeón, diciéndole: "Ve con esta tu fuerza, y salvarás a Israel de las manos de los madianitas. ¿No te envío yo?" El Señor le insta a que use su fuerza, "tu fuerza", y le ofrece su respaldo. Si Gedeón confía en sí mismo, dirá: "Sí Señor, yo puedo, yo iré". Pero Gedeón conocía su pequeñez y conocía al Señor.
El Señor siempre nos da la posibilidad de echar mano primero a nuestras fuerzas. Luego, cuando hemos fracasado, echamos mano a lo suyo. Así que tenemos siempre ante nosotros, en nuestro servicio, dos caminos: el de nuestras fuerzas y el de los recursos de Dios. Y normalmente nosotros, en nuestra presunción, echamos mano a lo nuestro. Creemos que en nosotros hay capacidad, hay buenas ideas ("Con esto salvo la situación"), y aun los primeros intentos parece que dan resultado. Hay algún fruto. Hay buen ánimo, emoción –mucha emoción–, fogosidad, cánticos entusiastas. Nos llenamos de gloria. Luego, a poco andar, comenzamos a cansarnos, los cánticos empiezan a parecer repetitivos. Las formas siguen iguales, pero la gloria se esfuma. Reaccionamos, buscamos culpables, herimos al hermano, sembramos muerte y cosechamos muerte. Entonces –recién entonces– acudimos a Dios. Y Él, en su misericordia, nos oye y nos salva. Ahora estamos dispuestos a renunciar a lo nuestro y a reputarlo por basura, para seguir un camino más excelente. Este camino es, a veces, lento, difícil, y comienza, invariablemente, con una pérdida del yo y una afirmación de la gloria de Dios. Pero es un camino seguro.
¿Cómo evitar un fracaso doloroso y un "largo itinerario por el desierto"? Veamos a Gedeón.
Gedeón no intenta siquiera probar con sus propios medios. Él conoce a Dios y conoce su propia impotencia, por lo cual dice: "Ah, Señor mío, ¿con qué salvaré yo a Israel? He aquí que mi familia es pobre en Manasés, y yo el menor en la casa de mi padre." Aunque el Ángel ha visto alguna fuerza en Gedeón, él no ve nada en sí mismo. Gedeón reconoce que no tiene nada, y que no es nada. "¿Con qué salvaré yo a Israel?" lo primero aquí es con qué. Él no tiene nada. Y luego dice "¿Con qué salvaré yo?" Él no es nada. "¿Quién soy yo para salvar?", dice Gedeón. Además, dice que su familia es pobre en Manasés* , y que él es el menor de ella. Gedeón no tenía rangos ni títulos que ostentar. Cuando dice que él es el menor de la casa de su padre nos hace recordar a David entre sus hermanos, cuando Samuel iba a ungir al futuro rey de Israel. De verdad, Dios "no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón" (1 Sam. 16:7)
La humildad la de Gedeón nos muestra que ante la presencia de Dios vemos verdaderamente lo que somos. Ante Él apreciamos nuestra absoluta nulidad. Sólo quien anda delante de Dios puede decir: "¡Ay de mí!". Sólo el ver a Dios mata en nosotros toda presunción y vanagloria. "En tu luz veremos la luz" (Sal.36:9. Ver también Is. 6:5; Hch.9:6; Ap.1:17).
Estas palabras de Gedeón nos recuerdan, además, a Pablo diciendo de sí mismo que era menos que el más pequeño de todos los santos (Ef.3:8). Viéndole de este modo, uno podría pensar que Dios se equivocaba al escoger a este hombre. "Un acomplejado", diríase en la terminología moderna. Pero es que ante Dios no cabe otra posición.

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